Ocurre con una precisión que desespera a cualquier progenitor: el bebé lleva varios minutos dormido en brazos, la respiración se ha vuelto acompasada, los párpados pesan, y en el momento exacto en que el pequeño cuerpo toca el colchón de la cuna, los ojos se abren. El llanto no tarda. Esta situación, que muchas familias viven como una condena nocturna, tiene explicaciones concretas en la fisiología del desarrollo infantil y admite soluciones reales. Continuar leyendo









