Basta con mirar alrededor en cualquier restaurante o sala de espera para entender la dimensión del asunto. Las pantallas han colonizado todos los espacios de la infancia y compiten por la atención de los más pequeños con colores, sonidos y recompensas inmediatas que ningún juguete tradicional iguala. La mayoría de las familias españolas sabe que conviene poner límites, pero muy pocas encuentran la manera de hacerlo sin acabar en una rabieta monumental o en una discusión diaria. Ese es el verdadero problema. Continuar leyendo









