Son las cuatro de la madrugada, el biberón marcaba 90 mililitros y quedan 30 en el fondo, así que quien lo sostiene se pregunta si debería insistir un poco más. La escena se repite en muchísimas casas durante los primeros meses, porque la duda sobre cuánta leche toma el bebé es de las primeras que aparecen y de las que más tardan en irse.
La respuesta corta es que no hay una cifra que valga para todo el mundo. Las necesidades cambian con la edad y con el peso, y además varían entre dos criaturas nacidas el mismo día, de modo que las tablas que circulan por guías y consultas funcionan como referencia aproximada, sin obligación de cumplirlas toma a toma.
Con esa cautela por delante, los rangos que se manejan para la leche materna extraída van de 15 a 120 ml en cada toma de un recién nacido, de 120 a 180 ml entre el primer y el tercer mes, y de 180 a 300 ml desde entonces hasta el medio año. Son horquillas amplias a propósito, y cumplir meses tampoco obliga a subir la dosis por sistema cuando el bebé se queda satisfecho con menos.
El peso, los pañales mojados y la forma de succionar dicen más que el biberón: así se comprueba si un bebé está bien alimentado y en qué casos conviene pedir ayuda
Al principio todo ocurre en pequeño. El Ministerio de Sanidad recuerda que en sus primeros días un lactante hace entre 8 y 12 tomas cada 24 horas y que el calostro, pese a salir en volúmenes mínimos, cubre lo que el recién nacido requiere en ese momento. Por eso la pauta oficial consiste en dar el pecho a demanda, en cuanto asoman los primeros gestos de hambre, y dejar que sea la criatura quien acabe, bien porque se suelta, bien porque se duerme.
Cuando mama directamente resulta imposible saber cuántos mililitros han pasado, aunque eso no deja a la familia a ciegas. La OMS sitúa el aumento de peso y el crecimiento como los indicadores principales, y lo que revisan matronas y pediatras es la trayectoria de la curva a lo largo de las semanas, ya que una pesada aislada apenas informa de nada.
A la curva se suman otras pistas que cualquiera puede observar en casa. Los pañales mojados dan una idea de lo ingerido, si bien durante la primera semana su número va subiendo poco a poco, y mientras come se aprecia una succión acompasada, interrumpida por pausas, además de tragos que se ven o se oyen. El reloj, en cambio, engaña, porque hay bebés que despachan el pecho en pocos minutos mientras que otros se lo toman con calma, de ahí que cronometrar no sirva para calcular la ración.
¿Y cómo avisa de que tiene hambre? Mucho antes de llorar. Gira la cabeza buscando, abre la boca, se lleva los puños a los labios o se muestra más inquieto, y el llanto llega al final, cuando esos avisos previos han pasado inadvertidos. La saciedad también tiene su lenguaje, puesto que el bebé afloja la succión, relaja el cuerpo, se aparta o pierde interés. Atender a esos gestos en lugar de al horario es lo que se conoce como alimentación responsiva, y vale igual para el pecho que para el biberón.
De ahí que un biberón a medias no equivalga a una toma escasa, del mismo modo que pedir de nuevo al cabo de un rato tampoco demuestra que la anterior se quedara corta. Empeñarse en que apure hasta la última gota tiene además un coste, porque entonces la comida deja de guiarse por lo que el propio bebé está pidiendo.
Hay días, eso sí, en los que parece insaciable. Son los llamados brotes de crecimiento, periodos breves en los que reclama el pecho mucho más a menudo sin que falte leche, y en los que ofrecerlo cada vez que lo pide hace que la producción se ajuste sola a la nueva demanda.
Otra idea muy extendida sostiene que cargar las tomas diurnas garantiza noches del tirón, pero no funciona así. Despertarse varias veces entra dentro de lo normal en los primeros meses, cada criatura madura su sueño a su propio paso y, por tanto, que reclame alimento de madrugada no prueba que haya comido poco durante la jornada.
Hacia los seis meses entran en escena los alimentos complementarios, que se incorporan de forma gradual mientras la leche sigue presente y las tomas se van reacomodando. La OMS recomienda lactancia materna exclusiva hasta esa edad y mantenerla después, junto con otros alimentos, hasta los dos años o más. Por el camino, la leche materna va modificando su composición para acompañar al bebé, otra razón por la que traducir el pecho a mililitros tiene poco recorrido.
Con biberón ocurre algo parecido aunque la cantidad esté a la vista, porque lo que toma un mismo bebé cambia de la mañana a la noche y de un lunes a un jueves, tanto si se trata de leche materna extraída como de fórmula.
Queda saber cuándo consultar. Los motivos para acudir a la matrona o al pediatra son concretos: una ganancia de peso escasa, menos pañales mojados de lo habitual, un bebé demasiado adormilado o con escasas ganas de comer, o que se quede con hambre tras casi todas las tomas. También merece una visita cualquier dificultad con la extracción, con el agarre al pecho, con el manejo del biberón o con el reparto de las tomas en el día a día.
