España cerró 2025 con una tasa de abandono educativo temprano del 12,8%, dos décimas menos que el año anterior, según los datos de la Encuesta de Población Activa que difunde el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes. Esa cifra recoge a los jóvenes de 18 a 24 años que no han completado la segunda etapa de secundaria y no siguen formándose, pero el problema suele empezar mucho antes, cuando un alumno con capacidad suficiente deja de esforzarse y sus notas caen curso tras curso.
Ante esa situación, la reacción más habitual de los padres combina preocupación y enfado, sobre todo cuando la familia ha invertido tiempo y dinero en apoyo escolar. Sin embargo, el bajo rendimiento es más un síntoma que una causa, porque detrás de la falta de ganas puede haber dificultades de comprensión en una materia, problemas de atención, una autoestima académica dañada o la sensación de que lo que se estudia no tiene ninguna utilidad.
Esa última percepción es frecuente en la adolescencia, cuando los alumnos cuestionan para qué sirven los contenidos. Relacionar lo que se aprende con sus intereses, ya sea un videojuego, un deporte o una profesión que les atrae, ayuda a que encuentren un sentido a la tarea, y el ejemplo de casa también pesa, ya que los hijos que ven a sus padres leer o formarse tienden a valorar más el aprendizaje. Otro caso frecuente es el del estudiante que obtiene buenos resultados en matemáticas y suspende lengua. Antes que pereza, ese patrón puede reflejar una dificultad concreta con la expresión escrita que el alumno evita para no exponerse al fracaso, de modo que el desinterés funciona como un mecanismo de protección.
La psicología de la motivación explica por qué un premio por aprobar puede reducir el interés por aprender y qué estrategias funcionan mejor en casa
Uno de los errores más extendidos consiste en vincular las calificaciones a recompensas o a castigos. En 1973, los psicólogos Mark Lepper, David Greene y Richard Nisbett publicaron un experimento con niños de preescolar a los que les gustaba dibujar. Quienes sabían de antemano que recibirían un diploma por hacerlo dedicaron después menos tiempo libre a dibujar que los que no esperaban premio. El fenómeno, conocido como efecto de sobrejustificación, indica que una recompensa anunciada puede sustituir el interés propio por una motivación externa que desaparece cuando lo hace el incentivo.
Los castigos tienen un efecto parecido. Las broncas y las etiquetas, del tipo «eres un desastre», generan miedo o culpa, y el niño tiende a ocultar los suspensos en lugar de afrontarlos. Por eso resulta más útil abrir una conversación sin reproches y preguntar qué ha ocurrido, aunque la respuesta no sea agradable, porque a menudo aparecen explicaciones que los padres desconocían, como la sensación de no saber por dónde empezar o la convicción de que nunca se aprobará.
La teoría de la autodeterminación, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, sostiene que la motivación duradera depende de tres necesidades, que son la autonomía, la sensación de competencia y el vínculo con los demás. En la práctica, eso se traduce en dejar que el hijo participe en el diseño de su propio horario de estudio, en lugar de imponérselo, y en acompañarlo solo al principio para enseñarle a organizar las tareas, retirando la ayuda a medida que gana independencia.
La forma de elogiar también influye. Los trabajos de la psicóloga Carol Dweck sobre la mentalidad de crecimiento muestran que valorar el esfuerzo, la estrategia y la mejora, en vez de la inteligencia o el resultado final, ayuda a los estudiantes a tolerar mejor los errores y a persistir ante las dificultades. En cambio, las comparaciones con hermanos o compañeros suelen provocar resentimiento y alejan al niño del estudio.
Si la familia quiere mantener algún incentivo, una alternativa es ligarlo al proceso y no a la nota. Un plan compartido el fin de semana como reconocimiento a haber cumplido el horario acordado pone el foco en la constancia, que sí depende del alumno, y no en una calificación sobre la que influyen otros factores.
El entorno material cuenta. Un espacio fijo, ordenado, con buena luz y sin el móvil a mano facilita la concentración, mientras que repasar tumbado o con notificaciones constantes la dificulta. A ello se suma el descanso, porque la Academia Americana de Medicina del Sueño recomienda entre 9 y 12 horas diarias entre los 6 y los 12 años y entre 8 y 10 horas en la adolescencia. Suprimir el ocio, el deporte o los ratos en familia como castigo por las notas suele empeorar el rendimiento en lugar de mejorarlo.
La relación con el centro escolar es otro de los factores. Una tutoría planteada en tono de colaboración permite conocer cómo se comporta el alumno en clase y acordar pautas comunes, y criticar al profesorado delante del hijo resta autoridad a ambas partes. Si el bajo rendimiento va acompañado de problemas de conducta, conviene revisar también la coherencia de las normas en casa, ya que el autocontrol se aprende primero en el entorno familiar.
Cuando la desmotivación se prolonga, coincide con cambios de ánimo, aislamiento o alteraciones del sueño, o se sospecha una dificultad de aprendizaje o de atención, el paso recomendado es consultar con el orientador del centro, el pediatra o un psicólogo, que pueden valorar si existe un trastorno que requiera apoyo específico.
