La fiebre es el motivo de consulta más frecuente en las urgencias pediátricas españolas y, según la Asociación Española de Pediatría (AEP), uno de los peor entendidos por las familias. La temperatura alta es un síntoma de defensa, la respuesta del organismo ante una infección por virus o bacterias, y el objetivo del pediatra es identificar qué la provoca y decidir si necesita tratamiento. Reducir la cifra del termómetro, insisten las sociedades científicas, es secundario.
En muchas casas, el primer gesto ante 38 grados sigue siendo buscar el jarabe. La AEP recuerda en su web para familias que la temperatura elevada no daña por sí sola y que, en ocasiones, ayuda a combatir la infección, por lo que solo tiene sentido tratarla cuando el niño está decaído, irritable o incómodo. Un niño que juega con 38,5 grados no necesita medicación; uno que llora y no quiere ni beber con 37,8, probablemente sí.
El decálogo de la fiebre de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap) resume la misma postura en diez puntos. El primero es que la fiebre no es una enfermedad. Otro, que ni el grado de temperatura ni la rapidez con que baja tras el antitérmico sirven para valorar la gravedad de la infección: un virus banal puede dar 40 grados y una enfermedad seria puede cursar con unas décimas.
Los mitos
El miedo más extendido es el de las convulsiones febriles. Afectan a alrededor del 4 % de los niños predispuestos, aparecen en los primeros años de vida y, aunque asustan mucho, no dejan secuelas. Está demostrado que dar antitérmicos no las previene: muchas se producen justo cuando la temperatura empieza a subir, antes de que la familia haya detectado la fiebre, y otras aparecen con pocas décimas. Por eso la AEPap es tajante: nunca debe administrarse un medicamento para bajar la fiebre con el fin de evitar una convulsión, tampoco cuando el niño ya ha sufrido alguna.
Algo parecido ocurre con la fiebre tras las vacunas. Las sociedades pediátricas desaconsejan dar paracetamol o ibuprofeno de forma preventiva antes o justo después de la inyección, porque en determinadas vacunas está comprobado que esa pauta reduce la respuesta inmunitaria. Si horas después el niño tiene fiebre, está molesto o le duele la zona del pinchazo, entonces sí puede recibir el antitérmico.
La fiebre tampoco produce meningitis ni daño cerebral, ni ceguera, ni sordera, por alta que sea. Una meningitis cursa con fiebre, pero acompañada de otros signos, y las secuelas que pueda dejar una infección grave se deben a la propia enfermedad, no al termómetro. De ahí la importancia de consultar para llegar a un diagnóstico, sobre todo cuando aparecen manchas en la piel que no desaparecen al estirarla, somnolencia excesiva, dificultad para respirar, rigidez de cuello o una fiebre que se prolonga más de dos o tres días. En los menores de tres meses, cualquier fiebre obliga a acudir al pediatra de inmediato.
Cuando el malestar justifica actuar, la primera tentación suelen ser los medios físicos: desabrigar al niño, ponerle paños húmedos en la frente o meterlo en la bañera con agua templada. Bajan algo la temperatura, pero el efecto es pequeño y dura poco, y a cambio el niño pasa frío, tirita y se encuentra peor. Si el motivo para tratar la fiebre es aliviar el malestar, un baño que lo aumenta carece de sentido. La AEPap desaconseja paños, duchas, baños y friegas de alcohol, y recomienda sencillamente no abrigar ni desnudar en exceso al niño y ofrecerle líquidos con frecuencia.
Los fármacos de referencia son el paracetamol y el ibuprofeno, igual de eficaces para aliviar el dolor y el malestar. Cualquiera de los dos puede usarse como primera opción, y si uno no funciona puede probarse el otro en la siguiente toma. La dosis se calcula siempre por el peso del niño, no por la edad, con el dosificador del propio envase y siguiendo el prospecto o la indicación del pediatra. El ibuprofeno puede utilizarse a partir de los tres o cuatro meses de vida; el paracetamol no debe darse a un bebé menor de tres meses sin que lo haya visto antes un médico. La aspirina está contraindicada en la infancia.
Lo que ninguna guía respalda es alternar los dos fármacos de forma sistemática, una costumbre muy extendida. La AEP explica que combinarlos o irlos turnando no ha demostrado beneficios claros frente a usar uno solo y, en cambio, multiplica las confusiones: qué se dio, a qué hora y cuánto. Esa confusión es la principal fuente de errores de dosificación, desde dosis insuficientes hasta sobredosis, y el paracetamol es ya la primera causa de intoxicación por antitérmicos en España. Solo de manera puntual, si el malestar reaparece antes de la siguiente toma, puede recurrirse al otro medicamento.
Hay situaciones en las que el ibuprofeno debe evitarse: niños con varicela, deshidratados, con alergia conocida a este fármaco o a otros antiinflamatorios, con enfermedades cardíacas, renales o hepáticas, o con úlcera de estómago. A la dosis correcta y durante pocos días, ambos medicamentos se consideran muy seguros, y deben guardarse fuera del alcance de los niños.
Un antitérmico baja la temperatura entre uno y un grado y medio, y que la meta no es volver a 36,5. Si el niño pasa de 39,5 a 38,2 y vuelve a jugar, el medicamento ha cumplido su función.
