Por qué el TDA sin hiperactividad se diagnostica tarde y afecta sobre todo a las niñas

Cuando alguien menciona el déficit de atención, la imagen mental que aparece casi siempre es la misma: un niño que no para quieto, que interrumpe, que se levanta de la silla en clase. Esa estampa existe, pero deja fuera a una parte enorme de los afectados. Muchas personas con serios problemas para concentrarse no son hiperactivas en absoluto.

Conviene empezar por el marco general. El trastorno por déficit de atención e hiperactividad, conocido por sus siglas TDAH, es la alteración del neurodesarrollo más frecuente en la población infantil. Y es también un trastorno muy heterogéneo desde el punto de vista clínico, lo que explica buena parte de la confusión que arrastra.

Su diagnóstico se basa en criterios clínicos que reconocen tres presentaciones distintas. La combinada, que engloba los tres grupos de síntomas típicos, es decir, déficit de atención, hiperactividad e impulsividad. La de predominio hiperactivo-impulsivo, que reúne solo los dos últimos. Y la presentación inatenta, conocida popularmente como TDA, sin la hache de hiperactividad.

Cómo se manifiesta la presentación inatenta y por qué se detecta mucho más tarde

Esa tercera categoría es la gran olvidada. Cursa sin síntomas de hiperactividad ni de impulsividad, cumpliendo únicamente criterios de falta de atención. Hasta hace relativamente poco, el diagnóstico ni siquiera se planteaba en niños que no resultaban hiperactivos o problemáticos, de modo que muchos casos quedaban sin identificar durante toda la etapa escolar.

El contraste entre ambas presentaciones resulta muy llamativo. Mientras un niño con TDAH puede llegar a mostrar una inquietud casi frenética, un porcentaje significativo de los que presentan TDA son exactamente lo contrario: lentos y tranquilos. No molestan en clase, no generan conflictos y por eso nadie enciende ninguna alarma.

Hay además una diferencia de perfil que la práctica clínica confirma una y otra vez. La presentación inatenta aparece con mayor frecuencia en niñas, y ese dato explica en buena medida el histórico infradiagnóstico femenino de este trastorno. Durante décadas se ha estudiado y descrito sobre todo a partir del comportamiento de los niños varones.

Las dificultades sociales también siguen caminos distintos según el caso. Los menores con TDAH suelen tener problemas derivados de su impulsividad, con episodios como zancadillas o coger cosas sin permiso que generan roces evidentes con sus compañeros. Son conflictos visibles, que llegan pronto a oídos de las familias y del profesorado.

En la presentación inatenta el problema es de otra naturaleza y mucho más silencioso. Algunas niñas con TDA tienen dificultades sociales por su falta de iniciativa, por cierta pasividad o por timidez, y presentan además una elevada predisposición a la ansiedad. Como no manifiestan problemas de conducta preocupantes, muchas no son evaluadas hasta la adolescencia.

Los indicios suelen aparecer en el lenguaje que emplean las propias familias para describir al niño o a la niña. Son frases que se repiten en las consultas de neuropediatría con una constancia sorprendente:

  • Parece que está en las nubes o en la parra, se pierde en sus pensamientos.
  • Sueña despierto, está empanado, se queda ensimismado con facilidad.
  • Es poco activo y lento en la ejecución de las tareas.
  • No le cunde el estudio ni el trabajo que realiza.

Ese conjunto de manifestaciones se relaciona con un concepto que la investigación ha ido delimitando en los últimos años: el llamado tempo cognitivo lento. Describe un patrón de somnolencia diurna, lentitud en el procesamiento y ensimismamiento que no encaja del todo con la descripción clásica del déficit de atención pero que aparece con frecuencia asociado a él.

Aquí llega una advertencia importante que ningún artículo divulgativo debería omitir. Presentar estos síntomas no equivale a tener un TDA, porque existen otras causas médicas capaces de producir un cuadro muy parecido. Antes de cualquier conclusión hay que descartarlas de forma ordenada.

Entre esas posibles causas figuran el hipotiroidismo, la anemia o la epilepsia con ausencias, un tipo de crisis breves durante las cuales el menor se queda desconectado del entorno y que con facilidad se confunden con despistes. Por ese motivo la recomendación es siempre la misma: los pacientes con estos síntomas deben ser evaluados por un neuropediatra que realice el estudio completo.

La cuestión no es menor, y conviene entender por qué. Un TDA que pasa desapercibido durante años no desaparece por sí solo, sino que va dejando huella en distintos ámbitos de la vida del menor. El rendimiento escolar suele ser el primer afectado, pero rara vez es el único ni el más importante.

El impacto sobre la autoestima es probablemente la consecuencia más seria y la que más preocupa a los profesionales. Un niño al que se le repite durante años que no se esfuerza, que está en las nubes o que podría hacerlo mejor si quisiera acaba interiorizando esa idea y construyendo una imagen negativa de sí mismo que puede acompañarle mucho tiempo.