¿Es peligroso despertar a un niño sonámbulo? Lo que dicen los pediatras

Son las once de la noche y en el pasillo se oye un ruido. Al asomarse, los padres encuentran a su hijo de siete años de pie junto a la puerta de la cocina, con los ojos abiertos de par en par, murmurando algo que no tiene sentido. Parece despierto. No lo está.

La escena se repite en miles de hogares y casi siempre viene acompañada de la misma advertencia heredada de abuelas y vecinas: a un sonámbulo no se le despierta, porque puede darle algo. Los pediatras llevan tiempo desmontando esa creencia. Interrumpir un episodio no provoca lesiones cerebrales, ni paradas cardiacas, ni ningún otro daño físico.

Lo que sí sucede, y por eso se aconseja no hacerlo de golpe, es que el niño o la niña puede salir del sueño muy desorientado, sin saber dónde está ni qué hace allí, y reaccionar con miedo, llanto o incluso algún manotazo. La precaución tiene que ver con el susto, no con la salud.

Por qué ocurre, a qué edades es más frecuente, cómo actuar durante un episodio y qué cambios en casa evitan golpes y caídas

El sonambulismo es una parasomnia, un trastorno benigno del sueño muy habitual en la infancia. Aparece durante la fase de ondas lentas, la más profunda, que se concentra en el primer tercio de la noche. Por eso la mayoría de los episodios llegan una o dos horas después de acostarse, y rara vez de madrugada.

Durante ese rato, el cerebro está a medio camino: una parte sigue dormida y otra se activa lo justo para mover el cuerpo. Hay criaturas que solo se incorporan en la cama y se quedan mirando al frente. Otras caminan, abren cajones, rebuscan en armarios o sueltan frases sin mucho sentido. Algunos episodios duran unos segundos y otros se alargan varios minutos. A la mañana siguiente, lo normal es que no quede ningún recuerdo.

¿Cuántos niños lo sufren? Un estudio de la Universidad de Montreal publicado en 2015 en la revista JAMA Pediatrics siguió a casi 2.000 menores de Quebec y comprobó que el 29 % había tenido algún episodio entre los dos años y medio y los 13 años. El mismo trabajo apuntaba a un fuerte componente hereditario. Con un progenitor sonámbulo, el porcentaje subía al 47 %, y con los dos, al 62 %.

La buena noticia es que suele desaparecer solo. El pico se sitúa hacia los ocho o diez años y la mayoría deja de tener episodios al llegar la adolescencia, sin necesidad de tratamiento.

A menudo se confunde con los terrores nocturnos, que pertenecen a la misma familia de trastornos y aparecen también en la primera parte de la noche. La diferencia está en la intensidad. En un terror nocturno el niño grita, suda, tiene el corazón acelerado y parece aterrorizado, aunque tampoco se entere de nada. En el sonambulismo predomina la calma, casi una rutina en piloto automático. Hay menores que pasan por las dos cosas en distintas etapas.

Hay factores que aumentan las probabilidades de una noche movida. La falta de sueño es el más conocido, pero también influyen la fiebre, los horarios irregulares, el estrés de un cambio de colegio, dormir fuera de casa o acostarse con la vejiga llena. Mantener rutinas estables y adelantar la hora de ir a la cama cuando llega agotado ayuda a espaciar los episodios.

Cuando el niño ya está en pie, lo más útil es acompañar sin sobresaltos. Hablar en voz baja, evitar luces fuertes y no zarandear ni gritar. Basta con tomarle de la mano o guiarle por los hombros hasta la cama, y casi siempre se deja llevar y vuelve a dormirse sin enterarse. Discutir con él o intentar razonar no sirve de nada, porque no está escuchando.

El verdadero peligro está en el entorno. Un niño dormido que camina no calcula distancias ni reconoce obstáculos, y puede golpearse o caerse, o incluso salir a la calle. Las medidas básicas son sencillas. Cerrar bien las ventanas y la puerta de entrada, colocar barreras en las escaleras, retirar del suelo del dormitorio juguetes y objetos cortantes y evitar que duerma en la parte alta de una litera mientras los episodios sean frecuentes. Algunas familias instalan un pequeño avisador en la puerta de la habitación para enterarse si sale. Echar la llave por dentro y guardarla fuera de su alcance es otro recurso barato y eficaz.

¿Y si los episodios no paran? Los pediatras recomiendan consultar si se repiten varias veces por semana, si el menor se hace daño o tiene conductas violentas, si aparecen en la segunda mitad de la noche o si continúan más allá de la adolescencia. También merece una revisión cuando va acompañado de ronquidos fuertes o pausas respiratorias, porque la apnea del sueño fragmenta el descanso y puede estar detrás del problema.

En los casos más persistentes, algunos especialistas proponen la técnica del despertar programado. Consiste en despertar suavemente al niño entre 15 y 30 minutos antes de la hora en que suelen producirse los episodios, durante varias semanas seguidas, para romper el ciclo. Siempre con supervisión médica.

Para el resto, que son la gran mayoría, la receta es paciencia, un dormitorio sin riesgos y cero dramatismo. Al día siguiente tampoco hace falta contarle con detalle lo que hizo. Lo único que se consigue es que se acueste con miedo a dormirse.

Esta información es general y no sustituye la valoración de un profesional sanitario. Ante cualquier duda sobre el sueño de tu hijo o hija, consulta con su pediatra.