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Epidural y raquídea en el parto, ¿siempre hay tiempo para ponerla?

En la recta final del embarazo, pocas dudas se repiten tanto como la del alivio del dolor. Muchas mujeres llegan al hospital con una mezcla de decisión y nervios: quieren analgesia, pero les preocupa haber esperado demasiado, o que el parto avance tan rápido que ya no sea posible. Esa inquietud no es una exageración, porque el momento importa, aunque no funciona con reglas iguales para todas.

Conviene partir de una idea sencilla: no existe un “minuto exacto” universal. La posibilidad de recibir una epidural o una raquídea depende de cómo está evolucionando el parto, de si la mujer puede colocarse y mantenerse quieta el tiempo necesario, de la valoración clínica, y también de la organización del propio paritorio. Por eso, dos partos aparentemente parecidos pueden terminar con decisiones distintas.

Además, en la conversación se suelen mezclar conceptos. Epidural y raquídea son técnicas diferentes dentro de la anestesia regional: ambas buscan bloquear el dolor sin perder la consciencia, pero no se usan igual ni responden igual al reloj. La epidural suele iniciarse durante la dilatación y permite ajustar dosis a lo largo del trabajo de parto, mientras que la raquídea actúa con más rapidez y se utiliza con frecuencia en contextos como una cesárea o determinados partos instrumentados.

Lo que determina el “sí” o el “no” en el último tramo

Para entender por qué a veces “da tiempo” y otras no, hay que mirar el procedimiento con calma. En una epidural, el fármaco se administra en el espacio epidural, justo fuera del saco que rodea la médula, y se deja un catéter fino para ir dosificando según necesidad. En términos generales, el efecto no es instantáneo: suele comenzar tras unos minutos, y puede tardar alrededor de diez a veinte minutos en notarse con claridad.

La raquídea, en cambio, se inyecta en el líquido que rodea la médula y suele ser una dosis única, con un inicio mucho más rápido. Esa velocidad explica que, si el parto está muy avanzado, el equipo pueda valorar esta opción en situaciones concretas, siempre que sea apropiado y seguro.

Ahora bien, la pregunta práctica no es solo qué técnica se elige, sino si hay margen real para colocarla. Colocar una epidural requiere postura, colaboración y un tiempo mínimo: sentarse o tumbarse en posición curvada, limpiar la zona, anestesiar la piel, introducir la aguja y pasar el catéter. En la práctica, entre la preparación, la colocación y el tiempo hasta que hace efecto, es razonable pensar en un intervalo que puede rondar los veinte a veinticinco minutos para que el alivio sea útil.

Por eso el mito del “número prohibido” de centímetros es tan persistente como engañoso. No hay un corte universal por dilatación. Lo que suele pesar es si el parto está ya en una fase en la que las contracciones son tan seguidas que resulta muy difícil mantenerse inmóvil, o si la expulsión es inminente. También influye un detalle que se menciona poco: pedirla tarde puede significar asumir el procedimiento y sus riesgos sin obtener apenas beneficio, simplemente porque no queda tiempo para que funcione de verdad.

A esto se suma una realidad logística que rara vez se explica en profundidad. La epidural la realiza personal especializado y, en determinados momentos, puede haber demora si está atendiendo una urgencia o un quirófano. Por eso, muchas matronas y equipos recomiendan avisar con antelación en cuanto la mujer sospeche que la puede querer. No es un compromiso irrevocable, pero sí puede facilitar que todo se organice a tiempo.

Luego está el capítulo de la seguridad, que es el que más condiciona el “no”. Hay situaciones en las que una técnica neuraxial no es recomendable, por ejemplo ciertos problemas de coagulación, infecciones en la zona de punción o determinadas circunstancias clínicas que el equipo necesita valorar en ese momento. Por eso, cuando existen antecedentes relevantes, es útil que se revisen antes del parto, para evitar decisiones precipitadas en el tramo final.

Incluso cuando se pone, conviene saber qué se vigila y por qué. Se controlan constantes maternas y, a menudo, el latido fetal. Una bajada de tensión puede ocurrir y debe detectarse rápido. También es habitual que la mujer note piernas pesadas, disminución de la sensibilidad, y en algunos casos dificultad para orinar. Pueden aparecer temblores, náuseas o mareo de manera transitoria. Y existe un efecto conocido, menos frecuente pero importante: la cefalea tras una punción accidental de la duramadre, que aparece en una minoría de casos.

En paralelo, hay efectos sobre la dinámica del parto que merece la pena entender sin dramatismos. Con epidural, el segundo periodo puede alargarse y, si se perciben peor las contracciones, el equipo puede orientar el pujo y ajustar dosis para facilitar el final. Esto no significa que la epidural “obligue” a intervenciones, pero sí que cambia el escenario y requiere una vigilancia distinta.

¿Y qué pasa si finalmente no se puede, o si se decide que ya no compensa? Ahí es donde ayuda llegar con alternativas realistas en mente. Existen opciones de analgesia inhalatoria y analgésicos por vía intramuscular o intravenosa, con beneficios y límites, especialmente cuando el parto está cerca de la fase de empuje. Algunos fármacos tardan un tiempo en actuar y no se recomiendan si el nacimiento es inminente, porque pueden influir también en el recién nacido si se administran demasiado cerca del final.

Al final, la respuesta honesta a la gran pregunta es doble. Sí, muchas veces da tiempo, incluso más de lo que dicta el imaginario popular, y la decisión no se toma por una cifra mágica. Pero no siempre, porque hay partos vertiginosos, hay valoraciones médicas que cambian sobre la marcha y hay un factor técnico inevitable: para colocar la anestesia hace falta un mínimo de condiciones, y esas condiciones se pueden esfumar en cuestión de minutos.

La recomendación más útil es práctica: si crees que puedes querer analgesia neuraxial, dilo pronto al equipo, aunque todavía no estés al límite. No te ata a nada, solo abre la puerta a que la organización y la valoración clínica jueguen a tu favor. Y, a la vez, conviene asumir con serenidad que el control del dolor no es un único interruptor, sino un conjunto de opciones que se ajustan, como casi todo en un parto real, a lo que va ocurriendo.

También ayuda poner el foco en lo esencial: el objetivo es que madre y bebé estén bien, y que la mujer se sienta acompañada y escuchada. La epidural y la raquídea son herramientas valiosas, pero no son la única vía para atravesar el parto con seguridad y el mayor confort posible. Entre la planificación, la flexibilidad y una comunicación clara con el equipo, la experiencia suele ser menos incierta de lo que parece cuando la duda aparece por primera vez.