Elegir un juguete para un niño o una niña con autismo suele plantear dudas razonables, si existe un tipo de juguete “correcto” o una categoría especialmente indicada. La realidad es que no hay una respuesta única. El espectro autista es amplio y diverso, y las preferencias también lo son, por lo que conviene hablar de juguetes recomendables según intereses, necesidades sensoriales y estilo de juego, más que de un listado cerrado.
El juego no es solo entretenimiento. En la infancia actúa como una vía natural de aprendizaje, porque permite practicar habilidades motoras, cognitivas y de comunicación, además de explorar reglas sociales con menor presión. En algunos perfiles autistas, la interacción social, la flexibilidad o ciertas formas de comunicación pueden requerir apoyos más explícitos, y los juguetes pueden convertirse en un recurso para acompañar ese proceso con calma y estructura.
Por eso, antes de elegir, conviene observar con atención. Qué le interesa de forma genuina, qué tiende a evitar, qué le ayuda a tranquilizarse, qué le resulta molesto. Hay niños y niñas que se centran con intensidad en un tema concreto, otros buscan patrones repetitivos, otros necesitan movimiento, y también están quienes se saturan con facilidad ante luces, sonidos o determinadas texturas. Estas diferencias pueden condicionar el éxito o el rechazo de un juguete, y tenerlas en cuenta facilita que el juego sea agradable y sostenible.
Criterios prácticos para escoger con criterio
Una elección adecuada suele empezar por reducir la incertidumbre. Si el niño se altera con un ruido brusco, un juguete sonoro sin control de volumen puede convertirse en una fuente de malestar, incluso aunque tenga objetivos “educativos”. En cambio, si le atraen los sonidos y los busca, un instrumento sencillo, que pueda activar y detener, puede ayudar a practicar la relación causa, efecto, y a regular la intensidad del estímulo. En este tipo de decisiones, detalles aparentemente pequeños, como poder controlar el volumen o evitar destellos, son relevantes.
El componente sensorial atraviesa casi todo. Algunos niños evitan el tacto pegajoso, otros prefieren superficies rugosas, algunos se relajan con presión suave y otros necesitan moverse para concentrarse. Hablar de hipersensibilidad o hiposensibilidad no es una etiqueta rígida, sino una orientación para comprender por qué un material, un olor o una textura generan rechazo o, por el contrario, una búsqueda persistente. Cuando se considera ese perfil sensorial, resulta más fácil elegir juguetes que acompañen en lugar de saturar.
Los juguetes de construcción suelen ser una opción sólida por una razón sencilla, permiten crear, deshacer y volver a empezar. Piezas encajables, bloques, elementos apilables o juegos de ensamblaje favorecen la coordinación mano, ojo, la planificación y la motricidad fina, además de permitir un juego abierto. En lugar de exigir una única forma “correcta”, ofrecen margen para repetir una secuencia, probar variaciones o construir un patrón propio. Ese grado de control puede resultar valioso, especialmente cuando el niño disfruta con rutinas previsibles o necesita reducir la incertidumbre para sentirse seguro.
Algo similar ocurre con los circuitos y los juegos basados en recorridos. Montar un camino, seguir una trayectoria, repetir un trayecto y anticipar una salida y una llegada son acciones que pueden resultar atractivas para algunos niños autistas, porque combinan estructura, repetición y participación activa. Además, estos juegos permiten introducir cambios pequeños sin alterar el sentido general, una curva distinta, una estación nueva, un túnel, un tramo más largo. Esa progresión gradual puede ser una vía adecuada para practicar la tolerancia a la variación sin que el juego pierda previsibilidad.
El juego simbólico también puede ser útil, aunque no siempre aparece del mismo modo ni en el mismo momento. Muñecos, peluches o figuras ayudan a ensayar rutinas sociales, turnos y pequeñas historias, siempre que el niño muestre interés por ese formato. A veces el punto de entrada no es inventar un relato complejo, sino recrear una escena cotidiana y concreta, la hora de dormir, una visita médica, una comida familiar o un trayecto habitual. Cuando el adulto acompaña sin imponer, describiendo lo que ocurre con frases breves y coherentes, el juguete puede funcionar como apoyo para la comunicación y la comprensión de situaciones diarias.
Los juguetes sensoriales y los que implican psicomotricidad aparecen con frecuencia como recomendación por un motivo claro, pueden facilitar regulación y calma, o canalizar una necesidad de movimiento. Aquí conviene pensar en objetos manipulables que permitan apretar, girar, deslizar, encajar o estirar, siempre con materiales seguros y adecuados a la edad. En algunos casos, incorporar movimiento, balanceo suave o actividades de empujar y tirar puede ayudar a organizarse antes de una tarea más tranquila, como un puzle o un juego de mesa sencillo.
Más allá de categorías, hay un criterio que suele ser más útil que cualquier lista, el juguete debe ser comprensible y, a la vez, flexible. Comprensible significa que no exija instrucciones verbales extensas para empezar, que tenga una lógica clara y una respuesta predecible. Flexible significa que admita distintos niveles de complejidad, que permita jugar solo o acompañado, y que soporte la repetición sin perder interés rápidamente. Cuando un juguete reúne ambas cualidades, suele adaptarse mejor a etapas distintas y a diferentes formas de juego.
También conviene relativizar la recomendación de edad impresa en el envase. Esa indicación suele responder a criterios generales de seguridad y complejidad, pero no refleja de forma automática el desarrollo, la experiencia previa o la motivación individual. En la práctica, lo más sensato es combinar seguridad y sentido común, y elegir según habilidades, supervisión disponible y preferencias observadas, más que por una cifra concreta.
El entorno influye casi tanto como el juguete. Un objeto adecuado puede no funcionar si se ofrece en un momento de cansancio, con ruido de fondo, con prisas o con demasiada estimulación alrededor. Un espacio tranquilo, una rutina breve para iniciar el juego y la posibilidad de terminar cuando aparezcan señales de saturación suelen mejorar la experiencia. Acompañar el juego no implica dirigirlo de forma constante, en ocasiones basta con estar cerca, observar, validar y proponer una variación pequeña cuando el niño ya se encuentra cómodo.
La seguridad, por último, es un criterio universal. Piezas pequeñas, elementos que puedan ingerirse, componentes electrónicos accesibles o materiales frágiles requieren especial atención, sobre todo en edades tempranas o cuando existe tendencia a llevar objetos a la boca. La elección responsable no consiste solo en que el juguete resulte atractivo, sino en que encaje con el modo de explorar del niño y con el nivel de supervisión realista en casa.
En conjunto, acertar con un juguete para un niño o una niña con autismo suele ser menos una cuestión de “lo mejor” y más de lo adecuado. Adecuado a su interés, a su sensibilidad, a su forma de aprender y a su manera de jugar. Cuando se parte de ese enfoque, el juguete deja de ser un objeto genérico y se convierte en una oportunidad para disfrutar, practicar habilidades, apoyar la comunicación y favorecer un juego con continuidad.
